Tenía la piel reseca. Pensó que de tanto haber tomado sol su piel había quedado así, apergaminada, escamosa, y pasaba media hora por noche antes de acostarse untándose crema hidratante por todo el cuerpo. El verano pasó y su piel seguía igual, traslúcida y opaca a la vez, ajada. Creyó entonces que el frío estaba haciendo estragos y siguió con el ritual de la crema. Se le notaba más en los labios, eran dos pétalos marchitos que se partían y sangraban cada vez que quería sonreír y le dolía tanto que dejó de hacerlo.
Mustia, estaba cada vez más mustia y yerma y triste también. Las plantas se le secaban por más que las regara. La comida le quedaba seca y quemada aunque controlara minuto a minuto la cocción. Su casa era un cúmulo de polvo volátil porque todo lo que tocaba se arrugaba, se ajaba y se desmenuzaba en miles de escamas blanquecinas, como su piel. Se aisló, avergonzada de su piel, sus labios sangrantes, su tristeza y de la polvareda que la seguía a todos lados, porque en verdad era terrible ese toque de Midas que envejecía, momificaba y mataba todo cuánto tocaba. El año fue y vino cinco veces acostumbrándola a la costumbre del torbellino de polvo a sus espaldas e hizo un santuario de su soledad, como todo solitario.
Se sentaba cada noche sobre un montoncito de polvillo moldeando figuras que se deshacían antes de terminarlas mientras trataba de determinar el momento exacto en que había empezado esa tortura. Se iba para atrás en el tiempo y se sumergía en recuerdos verdes, rojos y naranjas, turgentes, lozanos. Recorría los días del verano en que la piel se le había resecado buscando un qué o un cómo, pero no había ni comos ni qué, solamente había soledad mal acompañada que como una polilla gigante se había apoderado de todo. A lo mejor era eso nada más, tanto y tan poco.
Se imaginó a sí misma como una gran polilla reseca, polvorienta, y la imagen le causó tanta gracia que se olvidó del dolor y se rió con toda la boca y miles de hilitos de sangre le brotaron de los labios mojándole los pies. Era tan rara la sensación de algo húmedo en medio de su sequedad que siguió riéndose como una loca. Cada carcajada levantaba montoncitos de polvo mezclado con sangre, como mariposas que echaban a volar a su alrededor y pronto estuvo rodeada por una nube de ellas, rojas, naranjas y amarillas. Abrió la boca bien grande para exorcizarse con la risa y una mariposa se le metió haciéndole cosquillas por dentro del ombligo.
Y con cada aleteo la boca se le volvió pimpollo y la piel durazno perfumado.
Y el agua le brotó a borbotones junto con la risa.
Y como al principio de los tiempos, el alma le bailó en el cuerpo.
0 comments:
Post a Comment