conlastripas
Wednesday, May 28, 2008
hay gente destinada a dejar huella y gente destinada a dejar
hay gente destinada a dejar huella y gente destinada a dejar pisadas de barro
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Wednesday, May 21, 2008
vos
si supiera pintar pintaría un día luminoso en un paisaje de piso redondeado cubierto de césped mullido y parejo, verde oscuro, que se aclara cuando refleja el sol, un césped como el que alguna vez nos imaginamos escribiendo, ¿te acordás? ése que invitaba para tirarse a dormir y que de tan esponjoso aseguraba que si te sentías solo ahí nomás estaba el otro para acompañar en silencio. podría pintar también un subte atestado de nervios y una escalera mecánica, y pies dubitativos, y una mano de tengo miedo de caerme buscando la mano de vamos si nos caemos nos caemos juntos, y muchas bocas llenas de risas y ojos tapados de pelo lacio y orejas atentas y lenguas sin preguntas. también podría pintar una parada de colectivo por dónde nunca pasa uno, con dos viejitas embastonadas muy amables, o una mesa de un bar con dos manos inquietas queriendo descubrir quién sabe qué en sus palmas. podría intentar pintar charlas sobre libros, música, vida, sexo, bipolaridad y teorías sobre el bicho bolita y lo perfecto de la esfera, o también ver si sale de mi pincel una escena de juegos y peleas, amores y desencuentros, o un nene chiquito que se canta solo las canciones de cuna, que se pone anteojos y va de la mano de su mamá y después crece como un quijote enamorado de molinos de viento yendo siempre para el lado trágico de las cosas, escribiendo solo de madrugada su propia historia. podría pintar un sol enorme sin hojarasca, como una reducción fenomenológica que dejara al descubierto la perfección del equilibrio entre lo apolíneo y lo dionisiaco, o podría sino pintar un hombre tembloroso de vulnerabilidad que se saca la careta y muestra cuánto le duele el dolor de saberse él mismo y el temor que le da arrancarse las espinas.
y si supiera pintar pintaría todo eso
para que te encuentres frente a frente
de una vez por todas
con tu parte adorable.
y si supiera pintar pintaría todo eso
para que te encuentres frente a frente
de una vez por todas
con tu parte adorable.
te la debía
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Tuesday, May 20, 2008
hoy mi terapeuta va a ganarse el pan con el sudor de su frente.
hoy mi terapeuta va a ganarse el pan con el sudor de su frente.
no es una amenaza
es una promesa.
no es una amenaza
es una promesa.
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Wednesday, May 14, 2008
entintada
es tanto lo que quiero decir que no sé cómo y no me alcanzan las palabras, se amontonan en la punta de mi lengua y salen desdibujadas, pálidas. sé que quiero decir eso, que no sé cómo, para lo que no me alcanzan las palabras, y me derramo en papel, fresca, pura, entintada. pero el papel no alcanza tampoco para que entiendas apenas, porque hay cosas de las que no pueden dar cuenta las palabras atrapadas. y busco entonces algo con qué decir y encuentro solamente el cuerpo, entero, para escribir la historia, para hacer carne las palabras, para que entiendas apenas. y así es que me escribo, me dibujo, me transformo en piel impresa para que sepas con la boca a qué sabe la tinta y juntes con las manos las palabras que puedan dar cuenta del sentido de lo sentido, y puedas entender apenas, leyendo en mi cuerpo entintado, todo lo tanto que quiero decir que no sé cómo, para lo que no me alcanzan las palabras
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Friday, May 9, 2008
parasitosis
No daba más del dolor de estómago. Desde que había vuelto del Amazonas estaba así, cada dos o tres días se doblaba del dolor y no había ningún antiespasmódico que le hiciera efecto. Empezaba con un ligero retorcijón que se iba apretando en espiral hasta casi cortarle la respiración, después venía la revolución interna con un ardor insoportable y dentelladas rabiosas dentro de las tripas que lo dejaban tumbado en posición fetal por horas. Había recorrido todos los consultorios de los gastroenterólogos de su obra social pero todos le dijeron lo mismo después de hacerle repetir una y otra vez los mismos estudios, no tenía nada, por lo menos nada detectable, porque el dolor seguía repitiéndose cíclicamente.
Estaba seguro de que había sido algo que había contraído en la selva, algo en el agua del río, después de todo parte de los síntomas empezaron ahí, en la ribera verde y húmeda plagada de vahos putrefactos de plantas y animales en descomposición. Sí, algo de ese agua extraña que se escurría por entre los dedos y que solamente podía sorberse directamente a los lengüetazos, como hacían los animales, debía haberlo enfermado, ya que fue justo después de haberla bebido que lo acometió un terrible cólico al que le siguió una diarrea nauseabunda y explosiva que desparramó sus heces en quince metros a la redonda. La diarrea le había impedido subirse los pantalones durante días porque las descargas inmundas se sucedían cada cinco minutos salpicando cuanto tenían a su alcance. En medio de una de esas explosivas defecaciones fue que sintió algo que se metía por su culo abierto y paspado de tanto cagar, pensó que era el roce de los yuyos sobre los que se había acuclillado, y como en ese preciso instante el volcán de sus intestinos se aplacó, no le dio mayor importancia. Pero ahora, retorcido de dolor tirado en su cama, recordaba cada uno de esos detalles tratando de encontrar la causa que los médicos no encontraban.
Era tanto el tiempo que pasaba dolorido que, cuando el dolor no estaba lo extrañaba con el extrañar que da la incertidumbre de pensar y pensar en qué momento va a llegar lo tan temido, y ese extrañar se hacía tan intenso que el dolor volvía. Y volvía con un correteo viboreante dentro de sus tripas que se le esparcía por cada uno de los nervios de su cuerpo. Y no volvía solo, volvía con el hedor de los condenados que se le escapaba por el pecho, con ese olor particular de flores mustias amontonadas en el encierro. Y es cierto que el dolor le dolía y el hedor lo enloquecía, pero también es cierto que en algún punto lo calmaban porque le daban la seguridad de tener algo propio, y se regodeaba entonces como un cerdo en el barro revolcándose feliz en su desgracia.
Sus amigos, preocupados, lo llevaron a la rastra hasta la covacha de una curandera en la provincia que lo miró, lo palpó, lo olfateó espantada y sentenció:
-Mhijo, lo que vos tenés son bichos, gusanos, lombrices. Se ven las colitas ahí, en el fondo de los ojos y se sienten en la panza como te andan hurgando por adentro. Tenés que matarlas rápido antes de que te maten a vos. Te están llegando al corazón para anidar, por eso hedés de esa manera en el pecho, están poniendo como batarazas enloquecidas. Rápido mhijito, rápido- y lo untó con alcanfores, mientras el se reía- Ave María Purísima- lo ahumó con cáscaras de ajo- sin pecado concebida- lo bañó con agua de lluvia curada al sereno- llena eres de gracia- le colmó la boca con semillas de zapallo secas. Y mientras seguía rezando y persignándose iba preparando una botella de caña con mejunjes. -Tomate esto chiquito, tomátelo todo de golpe a la noche que te va a hacer bien así quedan con el hocico abierto y tontas y después se desprenden. Pero rápido mhijito, no dejes pasar más tiempo-
Y él, riéndose, escupiendo semillas entre dientes y apestando como nunca entre su propio hedor, los alcanfores, el ajo y el agua de lluvia, agarró la botella y se fue.
Llegó a su casa después de tres horas de viaje y se metió directamente bajo la ducha para sacarse el terrible olor que traía encima, pero no pudo terminar porque un ligero retorcijón que se fue apretando en espiral casi le cortó la respiración, después vino la revolución interna con un ardor insoportable y dentelladas rabiosas dentro de las tripas lo dejaron tumbado en posición fetal en la bañera. Como pudo se incorporó en medio de espasmos y trató de arrastrarse hasta la cama pero quedó tendido a mitad de camino. El dolor era terrible, parecía que cada una de sus terminaciones nerviosas estaba a cielo abierto multiplicando por millones lo que pasaba en su estómago. Espumarajeó por la boca quedando inmerso en un charco de baba verde y antes de que sus ojos empezaran a darse vuelta vio y manoteó la botella de la curandera. Como pudo, en medio de las convulsiones que lo estremecían, intentó sacarle el corcho con los dientes pero un bruto sacudón de sus mandíbulas partió el cuello de la botella y se le llenó la boca de líquido y vidrios que masticó junto con su propia lengua. Poco a poco tragó el líquido mezclado con vidrios, pedazos de lengua y sangre de su boca destrozada y empezaron a adormecerse, él y su dolor, chapaleando los últimos estertores en medio del charco de baba verde.
Salió de su desmayo por un terrible cólico al que le siguió una diarrea nauseabunda y explosiva que estampó sus heces en las paredes del living. Quiso pararse pero una segunda descarga inmunda volvió a tumbarlo, y así fue una y otra vez hasta dejarlo exhausto y cubierto de mierda pero, extrañamente, sin dolor.
Sin dolor. Sin dolor, y se ahogó en un grito de angustia. Sin dolor de ahora en más, sin algo propio, y se revolcó furioso en su propia mierda. Sin dolor para siempre, y se hundió las uñas en el ombligo desgarrándose la piel y los músculos, liberando a miles de gusanos blancos que lo devoraron, feroces, devolviéndole el dolor, devolviéndole algo propio, de ahora en más, para siempre.
Estaba seguro de que había sido algo que había contraído en la selva, algo en el agua del río, después de todo parte de los síntomas empezaron ahí, en la ribera verde y húmeda plagada de vahos putrefactos de plantas y animales en descomposición. Sí, algo de ese agua extraña que se escurría por entre los dedos y que solamente podía sorberse directamente a los lengüetazos, como hacían los animales, debía haberlo enfermado, ya que fue justo después de haberla bebido que lo acometió un terrible cólico al que le siguió una diarrea nauseabunda y explosiva que desparramó sus heces en quince metros a la redonda. La diarrea le había impedido subirse los pantalones durante días porque las descargas inmundas se sucedían cada cinco minutos salpicando cuanto tenían a su alcance. En medio de una de esas explosivas defecaciones fue que sintió algo que se metía por su culo abierto y paspado de tanto cagar, pensó que era el roce de los yuyos sobre los que se había acuclillado, y como en ese preciso instante el volcán de sus intestinos se aplacó, no le dio mayor importancia. Pero ahora, retorcido de dolor tirado en su cama, recordaba cada uno de esos detalles tratando de encontrar la causa que los médicos no encontraban.
Era tanto el tiempo que pasaba dolorido que, cuando el dolor no estaba lo extrañaba con el extrañar que da la incertidumbre de pensar y pensar en qué momento va a llegar lo tan temido, y ese extrañar se hacía tan intenso que el dolor volvía. Y volvía con un correteo viboreante dentro de sus tripas que se le esparcía por cada uno de los nervios de su cuerpo. Y no volvía solo, volvía con el hedor de los condenados que se le escapaba por el pecho, con ese olor particular de flores mustias amontonadas en el encierro. Y es cierto que el dolor le dolía y el hedor lo enloquecía, pero también es cierto que en algún punto lo calmaban porque le daban la seguridad de tener algo propio, y se regodeaba entonces como un cerdo en el barro revolcándose feliz en su desgracia.
Sus amigos, preocupados, lo llevaron a la rastra hasta la covacha de una curandera en la provincia que lo miró, lo palpó, lo olfateó espantada y sentenció:
-Mhijo, lo que vos tenés son bichos, gusanos, lombrices. Se ven las colitas ahí, en el fondo de los ojos y se sienten en la panza como te andan hurgando por adentro. Tenés que matarlas rápido antes de que te maten a vos. Te están llegando al corazón para anidar, por eso hedés de esa manera en el pecho, están poniendo como batarazas enloquecidas. Rápido mhijito, rápido- y lo untó con alcanfores, mientras el se reía- Ave María Purísima- lo ahumó con cáscaras de ajo- sin pecado concebida- lo bañó con agua de lluvia curada al sereno- llena eres de gracia- le colmó la boca con semillas de zapallo secas. Y mientras seguía rezando y persignándose iba preparando una botella de caña con mejunjes. -Tomate esto chiquito, tomátelo todo de golpe a la noche que te va a hacer bien así quedan con el hocico abierto y tontas y después se desprenden. Pero rápido mhijito, no dejes pasar más tiempo-
Y él, riéndose, escupiendo semillas entre dientes y apestando como nunca entre su propio hedor, los alcanfores, el ajo y el agua de lluvia, agarró la botella y se fue.
Llegó a su casa después de tres horas de viaje y se metió directamente bajo la ducha para sacarse el terrible olor que traía encima, pero no pudo terminar porque un ligero retorcijón que se fue apretando en espiral casi le cortó la respiración, después vino la revolución interna con un ardor insoportable y dentelladas rabiosas dentro de las tripas lo dejaron tumbado en posición fetal en la bañera. Como pudo se incorporó en medio de espasmos y trató de arrastrarse hasta la cama pero quedó tendido a mitad de camino. El dolor era terrible, parecía que cada una de sus terminaciones nerviosas estaba a cielo abierto multiplicando por millones lo que pasaba en su estómago. Espumarajeó por la boca quedando inmerso en un charco de baba verde y antes de que sus ojos empezaran a darse vuelta vio y manoteó la botella de la curandera. Como pudo, en medio de las convulsiones que lo estremecían, intentó sacarle el corcho con los dientes pero un bruto sacudón de sus mandíbulas partió el cuello de la botella y se le llenó la boca de líquido y vidrios que masticó junto con su propia lengua. Poco a poco tragó el líquido mezclado con vidrios, pedazos de lengua y sangre de su boca destrozada y empezaron a adormecerse, él y su dolor, chapaleando los últimos estertores en medio del charco de baba verde.
Salió de su desmayo por un terrible cólico al que le siguió una diarrea nauseabunda y explosiva que estampó sus heces en las paredes del living. Quiso pararse pero una segunda descarga inmunda volvió a tumbarlo, y así fue una y otra vez hasta dejarlo exhausto y cubierto de mierda pero, extrañamente, sin dolor.
Sin dolor. Sin dolor, y se ahogó en un grito de angustia. Sin dolor de ahora en más, sin algo propio, y se revolcó furioso en su propia mierda. Sin dolor para siempre, y se hundió las uñas en el ombligo desgarrándose la piel y los músculos, liberando a miles de gusanos blancos que lo devoraron, feroces, devolviéndole el dolor, devolviéndole algo propio, de ahora en más, para siempre.
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Monday, April 28, 2008
recuerdos del futuro V
Entró a su casa como si fuera la primera vez estrenando cerradura y llave. Recorrió las habitaciones medio desmanteladas haciendo un inventario de lo que había quedado, de lo que podría reponer y de lo que tenía que esperar o quizás nunca volvería a tener. No más perro que saludaba y mordía los talones cuando entraba. No más peceras luminosas. No más un montón de cosas. Sintió lo mismo que la vez que recibió el bosquejo de demanda por mail, una mezcla de tristeza, nostalgia, ansiedad y alegría; saudade, pensó, eso era saudade. Qué raro le resultó entonces ver quince o veinte años de su vida en una carilla aséptica, desafectivizada, ver en pocas palabras el resumen de hechos tan cruciales, unión, vínculos y disolución, todo así en una chorrera de letras negras sin emoción. Y era así de raro ahora ver lo que había quedado de esos quince o veinte años, una serie de cosas materiales, bastante menos plata en el banco, una casa compartida en los papeles, todo aséptico, desafectivizado, como en un hospital frío azulejado hasta el techo, como en una morgue que albergara quince o veinte años muertos.
Se sentó sobre el piso frío en dónde hasta ayer había estado un sillón y se prendió un cigarrillo acordándose de un par de sus textos, de los sentimientos que había enlazado con palabras, de cómo entendieron unos y otros el sentido, de por qué había escrito lo escrito, de cómo había imaginado con sus letras el futuro, y se rió bajito por lo absurdo y acertado de algunos. Se levantó en la oscuridad y a tientas adivinó una copa que llenó de borgoña en la cocina. Se sacó las botas y descalza volvió a su lugar con la copa en una mano y la botella en la otra. Se sentó de nuevo en el piso y el gato más viejo se le acercó despacio, se le acomodó sobre la falda haciéndose un ovillo ronroneante, mientras el vino le calentaba las tripas. Y de golpe estaba tan cansada que ni ganas de acordarse tenía, porque de lo único que se acordaba era de la parte agobiante y para agobio ya tenía bastante con la sensación de su cuerpo. Se prendió otro cigarrillo, se sirvió otra copa y otra más y la cabeza se le fue afelpando por dentro, muy a pesar suyo, con la calidez de más recuerdos. Se acordó ahora de ese día, y ese, y esos otros, de los viajes, las mudanzas, los días claros, y se le escapó una lágrima de perdón, propio y ajeno. Se dio cuenta de que lo único que quedaba desde hacía mucho tiempo no era desafecto sino recuerdos, como pasa con los muertos, y entonces lloró por la muerte en sí como cuando alguien se muere de cáncer. Y como cuando alguien se muere de cáncer fue tal el alivio de la muerte que se sintió redimida y se durmió ovillada en el piso junto a su gato, soñando sueños nuevos, mientras un jardín de semillas plantadas hace un tiempo le crecía adentro.
Se sentó sobre el piso frío en dónde hasta ayer había estado un sillón y se prendió un cigarrillo acordándose de un par de sus textos, de los sentimientos que había enlazado con palabras, de cómo entendieron unos y otros el sentido, de por qué había escrito lo escrito, de cómo había imaginado con sus letras el futuro, y se rió bajito por lo absurdo y acertado de algunos. Se levantó en la oscuridad y a tientas adivinó una copa que llenó de borgoña en la cocina. Se sacó las botas y descalza volvió a su lugar con la copa en una mano y la botella en la otra. Se sentó de nuevo en el piso y el gato más viejo se le acercó despacio, se le acomodó sobre la falda haciéndose un ovillo ronroneante, mientras el vino le calentaba las tripas. Y de golpe estaba tan cansada que ni ganas de acordarse tenía, porque de lo único que se acordaba era de la parte agobiante y para agobio ya tenía bastante con la sensación de su cuerpo. Se prendió otro cigarrillo, se sirvió otra copa y otra más y la cabeza se le fue afelpando por dentro, muy a pesar suyo, con la calidez de más recuerdos. Se acordó ahora de ese día, y ese, y esos otros, de los viajes, las mudanzas, los días claros, y se le escapó una lágrima de perdón, propio y ajeno. Se dio cuenta de que lo único que quedaba desde hacía mucho tiempo no era desafecto sino recuerdos, como pasa con los muertos, y entonces lloró por la muerte en sí como cuando alguien se muere de cáncer. Y como cuando alguien se muere de cáncer fue tal el alivio de la muerte que se sintió redimida y se durmió ovillada en el piso junto a su gato, soñando sueños nuevos, mientras un jardín de semillas plantadas hace un tiempo le crecía adentro.
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